E ste archipiélago portugués, compuesto por nueve islas y perdido en el Atlántico entre Europa y América, tiene ese punto salvaje que ya casi no existe en el continente. Y dentro de las islas, hay una que enamora especialmente a los viajeros: São Miguel, la más grande y variada. Aquí no vienes a tumbarte en la playa con una sombrilla y olvidarte del mundo; vienes a conducir por carreteras que serpentean entre volcanes, a mirar lagos que parecen pintados con Photoshop, a bañarte en aguas termales al aire libre y a sentir que la naturaleza manda. Y lo mejor de todo es que, reservando tu viaje en Azulmarino, puedes disfrutar de estos paisajes y conseguir un 5% de reembolso a tu tarjeta EROSKI club para próximas compras. Verde infinito Empezamos fuerte. Si hay una imagen que define el lado más misterioso de São Miguel, es la de Lagoa das Empadadas. En realidad, son dos pequeñas lagunas gemelas escondidas en mitad de un bosque. Llegar hasta allí ya es parte del plan: caminos de tierra, niebla que aparece sin avisar y ese silencio que solo se rompe con el viento. Muy cerca está la famosa Lagoa do Canário. Esta sí que es de postal. Rodeada de vegetación, tiene ese color verde profundo que cambia según la luz del día. Desde el mirador de Boca do Inferno tendrás una vista panorámica que mezcla lago, mar y cráter volcánico en un solo encuadre. El icono de la isla La imagen típica que verás en todas las guías es la de Sete Cidades: dos lagos dentro de un cráter gigante. Pero no te quedes solo con la foto. Baja al pueblo, alquila una bici o un kayak y recorre la orilla. El ambiente es tranquilo, rural, auténtico. Desde aquí puedes explorar la costa oeste, que es pura fuerza atlántica. Acantilados, olas potentes y piscinas naturales donde el mar se cuela entre rocas volcánicas. Uno de esos lugares donde te sientes pequeño frente al océano. Si el día está despejado, las puestas de sol son de las que no se olvidan. Vida urbana con sabor atlántico Toda isla tiene su punto más animado, y aquí ese papel lo juega Ponta Delgada. Es la capital y el lugar donde, seguramente, aterrices: casas blancas con detalles en piedra volcánica negra, plazas tranquilas, iglesias históricas y terrazas en las que tomar un vino al caer la tarde. No es una ciudad grande ni estresante, más bien al contrario: tiene ese ritmo pausado que te invita a pasear sin rumbo. El puerto es uno de los puntos clave, sobre todo si te animas a hacer una excursión para ver ballenas y delfines, algo muy típico en la zona. Naturaleza en estado puro Lagoa do Fogo es, probablemente, la laguna más salvaje de la isla. Está en lo alto de un cráter y llegar hasta ella implica curvas, miradores y muchas ganas de parar el coche cada cinco minutos para hacer fotos. Lo bueno es que no hay construcciones alrededor. Solo agua, montañas y silencio. Si bajas hasta la orilla, sentirás que estás en un lugar casi virgen. Muy cerca está Ribeira Grande, una localidad con mucho encanto. Casas tradicionales, una plaza agradable y una costa donde el surf tiene bastante protagonismo. Aquí el Atlántico vuelve a mostrarse con carácter. La costa más verde En la zona nordeste, el verde alcanza otro nivel gracias a colinas cubiertas de vegetación, cascadas escondidas, miradores espectaculares y carreteras que parecen atravesar una selva europea. Es una zona menos turística, más rural, ideal para conducir sin rumbo y parar en cada mirador. Algunos tienen jardines y bancos de madera, perfectos para hacer pícnic con vistas al infinito. Azores: un viaje que se siente Este es un destino para amantes de la naturaleza, sí. Pero también para quienes buscan desconectar. Aquí no hay grandes resorts ni turismo masivo. Hay vacas pastando en colinas imposibles, hortensias bordeando carreteras y océano hasta donde alcanza la vista. Viajar a Azores no es solo visitar un lugar. Es bajar revoluciones y recordar que el planeta todavía tiene rincones donde la naturaleza va por delante. ¡Azores te está esperando! viajes AZORES LA ÚLTIMA FRONTERA VERDE DE EUROPAELF